martes, 29 de enero de 2008

Era miércoles por la mañana y por azares de la vida no tenía que ir al trabajo. Sé que mientras desayunaba sonó el timbre y al abrir la puerta se encontró con un hombre de un servicio privado de mensajería. El mensajero traía un paquete de Wahlheim, Baviera. Su remitente era alguien a quien no reconoció pero también había un sobre, lo abrió y leyó la carta que había dentro. Por lo visto su tío abuelo Wolfram, del que hacía años que no sabía, había muerto y le había dejado en herencia una pequeña suma de dinero y lo que contenía el paralelepípedo paquete. La carta la firmaba el albacea de su testamento, un tal Gottfried Hahn, ni idea. No pudo contener la curiosidad y rasgó el acolchado papel marrón…
Y allí estaba.
Sí, era el cuadro y no se lo podía creer. Aquel. Tuvo que sentarse. Cerró los ojos e inspiró profundamente, cuando los abrió… El cuadro seguía allí y el hombre retratado le miraba como riéndose con su único ojo grotescamente abierto y su verde sonrisa sin labios. Cerró los ojos otra vez… El hombre del retrato tenía una mano adelantada esta vez, quería salir, reía, “sí, estoy aquí, contigo otra vez”. El desayuno se revolvió en su estómago e instintivamente se llevó una mano a la boca. Él y el hombre del cuadro se sostuvieron las miradas desafiándose. Finalmente, él, que era más fuerte, colocó el cuadro de cara a la pared y siguió obstinadamente con su desayuno. Al terminar se dirigió al fregadero y lavó los platos. Recogió todo y cogió el cuadro. Bajó al sótano y, asegurándose de que todas las puertas estaban cerradas, roció el cuadro con gasolina y lo quemó. Se oyó una carcajada espantosa y todo se volvió de color llamas.
En el hospital la familia le visita. ¿Familia? ¡Una panda de raposas, eso es lo que son! Vienen por el dinero, una casa grande... Él no tiene hijos y ahora está vendado de los pies a la cabeza. Nadie sabe si logrará sobrevivir. Una de las sobrinas trae a su hijita con ella, la niña se acerca a la cama y pregunta - ¿Por qué tito Stefan sólo tiene un ojo? -Y tito Stefan sonríe debajo de las vendas con una verde sonrisa sin labios...

El rumor del oleaje

Realmente existe poca información sobre el estado en el que el Shiosai atracó en el puerto. Estuvo mucho tiempo con aquella bandera de cuarentena ondeando y no se veían indicios de vida en el exterior. Al menos no las veces que pasé por delante: una vez por la mañana de camino al trabajo, otra vez por la tarde de vuelta a casa. No sabría decirte cuánto tiempo estuvo allí. Puede que fueran meses o puede que sólo días. Una vez un periodista que escribía en el periódico local me dijo que sólo habían sacado al capitán, un tal Hohemberg, alemán o tal vez danés. El buen hombre apenas sobrevivió unos días al desembarco, del resto de la tripulación no se supo nada. Aquí, en este pueblo perdido, de esta isla perdida somos gente de pueblo y no nos llegan noticias del exterior. Corrieron muchos rumores, que si una tormenta, que si el triángulo de las Bermudas, si el capitán se había vuelto loco y los había degollado mientras deliraba en un idioma extraño... Incluso llegó a hablarse del diablo, de Davy Jones y de la llamada de un tal Cutulu o no sé qué. Todos en este pueblo recordamos la llegada del Shiosai, venía del Caribe, de no sé qué negocios. Estuvo varios días navegando a la deriva y nadie contestaba. Pero sobre todo la recordamos porque ese día todos... Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'naglfhtagn. Y es que los habitantes de R'lyeh tenemos un sentido del humor muy nuestro.