Hace un par de años, quizá más, quizá menos, mientras pagaba un libro en una famosa y concurrida librería ovetense, me fijé en que junto al mostrador tenían un par de montoncitos de libros que costaban un euro. -¡Uhhh! -pensé yo. -¡Qué curiosidad! -Así que me compré el libro. El autor, del que no sé mucho excepto que es licenciado en la misma facultad que yo, parece que ha tomado fuerza como escritor los últimos años más que nada porque le han publicado libros en editoriales importantes.
Recuerdo que de camino a casa, en el autobús, empecé a leer y leí, leí una línea, dos líneas... A la tercera tuve que parar... Mein Gott! ¡Qué farragosidad! ¡Qué Stil (und Gattungen, warum nicht?)! ¡Qué gran conocimiento del diccionario de la Real Academia Española, el María Moliner y el Ferrater Mora juntos! ¿Cómo puede alguien escribir las siguientes perlas y no dormir al incauto lector: Claro que, mamífero frisando los cuarenta al fin y al cabo, hice oídos sordos a su postrera advertencia? ¿Cómo? Y ésa no es la única perla con la que el misterioso autor nos deleita, no, en el mismo párrafo Liliana huyendo, humano pédulo, diapasón de fugas y renuncias, tenaz cimarrona en boca de esa fiel compañera omnipotente al otro lado de la línea (ya decía, yo, buenas líneas te metes tú, guapo), vencedora de mi verbo urgente. Y hasta aquí pude leer hoy. La otra vez creo que leí el relato entero (y parte del siguiente) y no me enteré de nada. La única imagen que queda fija en mi mente es la pobre Liliana mareada de tanto oscilar (cual péndulo humano), cogida por los pies mientras vibra (cual diapasón). A lo que ya no alcanzo es a discurrir cómo se libra de las crueles ligaduras que la hacen pender del techo y corre cual montaraz bicho hacia los montes. Debía huir de él, claro, si no, que alguien me lo explique.
Claro, que han pasado diez (¿tal vez 11?) años de tan brillante publicación y tal vez el angelito haya tenido tiempo de darse cuenta de que en un relato de 6 páginas (cuartilla holandesa) no se puede dar tanto la brasa, también espero (y le deseo) haber leído a los grandes maestros del relato corto, Poe, Cortázar y Borges, entre otros. Lo que no entiendo es cómo pudo este libro ganar un premio. Qué tipo de deliberaciones hizo el jurado (muy respetable, sorprendentemente) o si les sobornó con un jamón de pata negra a cada uno.
Alguien debería explicar que los buenos textos no están hechos de grandes palabras sino de palabras llenas.
En fin, que qué bien se queda una, y lo que me reí esta tarde imaginándome a la pobre Liliana.